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La falacia sobre el elitismo de los festivales

Por Roger Koza

Nada más conservador que adjudicarle a un festival de cine el adjetivo de elitista. Detrás de esa sospecha reside un perezoso espectador (o crítico) que ha aceptado la distribución del mercado como el principal proveedor de su relación con el cine. Estima que los festivales de cine eligen películas difíciles destinadas a la fruición del letrado y la consumición del diletante, o que privilegian a todos aquellos que pertenecen a una comunidad de elegidos que pretenden obtener placeres intelectuales de películas enrevesadas. Allí van los elegidos, los que desestiman las presuntas películas populares que se proyectan en los cines comerciales y se pavonean por cultivar excentricidades.

En principio, y como sucede en FICUNAM, los festivales de cine tiene una política de precios que poco tiene de elitista. Los precios de las entradas son siempre muchísimo menores a los que suelen pagarse en una sala comercial. En segunda instancia, cada festival tiene una misión didáctica, y cuanto más asume ese incómodo designio democratiza todavía más la posible experiencia que cualquier espectador pueda hacer con el cine. El catálogo, la presentación de un film y el diálogo que se establece entre un director con el público permiten que el característico de las salas comerciales, donde fundamentalmente se exhiben títulos estadounidenses, pueda acceder a un material diferente pero no imposible de comprender y disfrutar. Es cierto: el material quizás pueda poner en tela de juicio el gusto y los hábitos de un espectador cualquiera, pero esa es la condición para que ese espectador expanda su experiencia.

Sucede que un buen festival de cine es aquel que trabaja conscientemente sobre una programación que cuestiona las reglas del gusto y desacomoda amablemente las formas de recepción. Esto no lo convierte en elitista, sino en rupturista. ¿Por qué un relato debe seguir una linealidad dramática que alcanza en el final su justificación? ¿Por qué el cine debe acatar la excluyente función de ilustrar historias? Cada vez que se propone una programación, se está afirmando a la vez una idea de cine y una política de las imágenes. No hay nada más político en la actualidad que pensar una imagen, pues la proliferación de imágenes en todos los órdenes de la experiencia humana tiende a que la imagen sustituya el pensamiento.

El elitismo mayor consiste en clausurar el acceso a otras imágenes y a otros sistemas de representación. Las películas difíciles pueden ser para cualquiera, en la medida en que un hombre o una mujer se predisponga y desee aprender. Por otro lado, El otro día, El ladrillo y el espejo, Una pasión discreta o Hermanos de la noche, por citar cuatro películas de esta edición, pueden ser vistas por todos aquellos que reían con Chaplin y se sentían interpelados por las peripecias que vivía aquel personaje universal de bastón y sombrero.


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